Surge desde la masmédula de mi cuerpo, como el corazón que es apretado
semejante al boceto inservible de un escritor. Agazapado como el tigre que mira
ansioso a su presa; siempre ahi, entre las venas rojas y los huesos de mi caparazón.
El miedo.
La sensación de no volver a ver y no temo a la ceguera, de no tocar y
no me refiero al dolor en la piel , de no oler, de no oír y tampoco expreso mis
sentidos. Miedo, miedo a sentir una triste realidad que me acapara día a día,
los minutos y segundos de mi vida. Miedo a decir adiós y que nunca regreses, y
que nunca regresen. Mezcla de dolor y olvido, que no lo es, se asemeja; pero
mis neuronas decodifican lo que sucede detrás del exterior de una imagen de
aprendiz.
La exclusión, la idea de no pertenecer al origen que generó mi especie,
lo social. Muero postrado de pie de solo imaginarlo, estar solo, no compartir,
ser esa llave que todos algún día olvidan. Me consume la idea, ronda en mi
cabeza, lo siento. Miedo a la soledad. Si, al extremo de chocar el filo de un
cuchillo a mis muñecas para no sufrir tal tortuoso padecimiento. Me controlo. Sé
que esta sensación no es normal, aunque muy certera en el fondo del raciocinio.
La soledad, enfermedad que muchos padecen pero al igual que yo no lo
demuestran, la encierran, la atrapan, la contraen y la amordazan creando su
miedo.
José Aufe.
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